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viernes, 12 de febrero de 2016

A VECES...











A veces,

 en algunos momentos,

 quisiera no tener ojos.

A veces,

 en alguna ocasión,

quisiera tener el valor

de vivir de espaldas al mundo.

Pero me resulta difícil permanecer

con la mirada de observadora impasible.

No puedo evitar contemplar con horror

Toda la destrucción

 de la que es capaz la mano humana.

Me pregunto con insistencia

¿Quién resulta ganador en una guerra?

Pero no importa mi pregunta

Los destructores de vidas bombardean sin piedad

Qué más da cuántas víctimas mortales

Queden bajo los escombros de las ciudades muertas.

No conceden valor a la vida humana

los poseedores de poder y de armas de guerra.

Se repiten a diario las tormentas en los cielos

ocultando el sol de las mañanas

en un firmamento cubierto de fuego.

Huye la muchedumbre despavorida

en carreras sin rumbo hacia el infinito

hasta ser alcanzada por ráfagas de metralla

deteniendo en seco la frenética huida.

Se dispara a discreción sin importar quién caiga

ignorando y haciendo oídos sordos a tanto dolor

al aterrado llanto de los infantes,

al clamor enloquecido de las mujeres madres,

de las mujeres hijas,

 de las mujeres hermanas.

Diariamente,

 se alfombra el suelo de las ciudades

con nueva sangre derramada,

con nueva sangre inocente.

Con nuevas vidas sepultadas.

Con miles de sueños truncados.

Con amaneceres quebrados

que llevarán sobre sus espaldas

aquellos que sobrevivan al horror

y se conviertan en los sin patria.




Imagen de la red




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